El papel gualda del otoño 2014

He vuelto a las andadas este otoño.

He salido sobre mi moto a perseguir
las pocas hojas que empiezan a caer,
con descuido, de los árboles de guardia
a los lados de estas entrañables carreteras.

Es dulce el otoño que nos acoge en sus brazos;
y nos zarandea como una madre antes de besarnos.

El papel gualda del otoño cubre el paisaje.
Es una envoltura dorada de luz cálida.
Parece que los girasoles hubieran evaporado su amarillo
y al ascender a los cielos han cogido el calor de la tierra
y se han anaranjado.

Una y otra vez, volver a uno mismo en sus pensamientos
nos aleja del precioso entorno ajeno a la política.
Los hombres llevan enloquecidos tanto tiempo…
Han pasado, los malos y soberbios, sobre nuestros cuerpos
con botas de plomo y cristal dejándonos tan maltrechos
que casi podría decir sin alma…
a punto de estar muertos.

Esta gentuza no sabe de estaciones.
Para esta gentuza trabajan, sobre todo,
sastrecillos cobardes, que elaboran en los medios
“el traje nuevo” – como en el consabido cuento-
para revestirlo, cada día, mientras roban…
Lo roban todo.
Roban, sobre todo, la alegría de la gente
empobreciéndola y adormeciéndola con bobadas;
con doctrinas, esos nuevos guisos pre-cocinados, atiborrados
de venenos tan legales como letales.

Vuelvo, en esta curva a izquierdas, a dejar en la cuneta
la basura de pensamientos que me atacan.

Creía que eran amigos no menos de diez personas, pienso,
y tanto ellos como ellas se han visto decepcionados por mi.
He dejado de ser lo que ellos creían que era, o tal vez lo fuera
en ese momento, que hasta ahí me creo en mi deriva
secesionista de mi mismo.

¡Que complicado es esto de las creencias!
De todas ellas, reconozco, que sólo creí en el amor.
Cierto que a veces pude estar equivocado.
No es fácil saber el camino correcto, flambeado,
y que años después, apagado el fuego, puedes ver.

A veces ya no sabes si las cosas fueron tal como recuerdas.
De algunas, ya no sabes si llegaron a ser…y fueron preciosas.
Otras, no voy a negarlo; de pesadilla.

A la derecha un campo que fue de trigo y amapolas
ahora empieza a prepararse para el invierno
con las tripas revueltas e incluso calcinadas.
Mas allá sigue su cauce un riachuelo escondido
entre hierbas, de media altura, ya canosas y, vigilando,
algunos álamos que empiezan a dejar volar con este viento
sus obleas de maíz y chocolate.
Es un instante, todo esto; porque después, enfilas una recta
que nos lleva, en un golpe de gas, a un puente que cruza la carretera
y nos encamina a Brihuega.

Unas curvas para estar en el momento: atento al vals.
Mis ojos se posan rápidamente en todas las cosas
alimentándome de sus cambios estacionales y naturales.

Viajan mis ojos delante a de mi, a ambos lados; lejos y cerca;
sobre mi y a través de los retorvisores: a mi espalda.
Soy el centro de un universo distinto cada día. Cada metro.
Mi corazón se instala feliz mientras respiro el sol de la tarde
mezclado con algún olor dulzón tirando a mosto.

Todo parece un regalo primorosamente envuelto
en el papel gualda del otoño 2014.

© GatoFénix

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