Le debia unas palabras a este otoño.

Le debo unas palabras a este otoño.
Es este otoño de dos mil quince,
 eminentemente silencioso.
Se nos fueron llenando los ojos de la última luz de los Arcángeles
y el veranillo de San Miguel era el estrambote del último verano.
Y se fue colando el otoño
tirando el oro por los suelos
en calabazas y pámpanas en el campo, como las obleas
crujientes y luego ronchonas,
a nuestros pies, en la ciudad.
Le debo unas palabras a este otoño.
Lo recibí a cuerpo descubierto sobre mi moto.
Quedé con mi hermano en Tarancón, y cada uno en su montura,
hicimos el viaje a Cuenca.
Hacía casi treinta otoños que no hacíamos una ruta,
cada cual sobre su moto; yo delante, como entonces
y él detrás, a nuestro aire cada uno, pero
en la misma sintonía de pensamientos:
juntos.
Hizo calor ese día.
El sol de “membrillo” no sólo era color,
también templaba el ánimo y una vez parados,
y con tanto apero encima, llegamos a sudar.
Diría que volamos bajo con un cielo azul
con pocas hilachas de algodón, altísimas al Sur.
Llegar a Cuenca, donde nací, y pasar por delante de la misma puerta,
de la “casa-cuna” que entonces era
el Antiguo Hospital de la beneficencia,
me da un subidón que me reconcilia, cada vez, con la vida.
Ahora, sólo queda la fachada, y no queda en su interior
ningún vestigio de cama, ni de capilla, ni de lo que entonces
fuera quirófano; y, en su lugar, que pasé un día y lo vi,
hay mesas de oficina y murales y letreros con indicaciones,
dependencias y despachos dedicados por la Junta de C-LM
a ser Delegación Provincial de Agricultura y Desarrollo Rural 
de estos Reinos de Taifas
que nos colaron por la escuadra
los que estaban agazapados desde el 1939
y saltaron como ratas rabiosas al queso hecho porciones
para ser cabezas de ratones y despacharse a gusto,
a la consigna: “cada uno a lo suyo sin molestar”.
Este pesar me ha acompañado desde el primer día que pude ver
la Cuenca que me parió transformada en una caricatura.
Casi más, una máscara esperpéntica como sacada
del Museo de Arte Abstracto, del que salí
pensando si a todos les parecería como a mi,
una broma de mal gusto o una burla a nuestra inteligencia.
Bueno, pues eso es lo que poco a poco ha ido desnaturalizando Cuenca.
Gracias a Dios que no han podido con todo.
Han puesto objetos horribles de mal rollo y dudoso gusto,
en algunos lugares estratégicos;
remodelaciones urbanísticas que dan dentera.
Sin ir mas lejos, quisimos pasar por Carretería y estaba prohibido.
Gracias a mi amigo Angel Pintado, que le ha hecho un cuadro
que vale más que todo el Museo antes mencionado.
Arriba lo pueden ver.
Pintado desde arriba mirando al Huécar.
Cuenca, que siempre es Única, en otoño más.
Y le debía yo unas palabras a este otoño.
Ese otoño que nos visita cada año y que, nosotros,
cada vez, lo sentimos más nuestro;
porque nuestro cuerpo, acusando el tiempo,
nos deja en la piel de las manos
pequeñas sombras de hojas de álamos, olmos y plataneros,
como esas que pisamos en nuestros paseos, al caer la tarde.
Y nos tiñe la mirada de sueños, de recuerdos
y de pensamientos que unen los unos con los otros
en un sentimiento que Ángel captura con facilidad,
como el colibrí que liba de la for del espliego,
porque lleva en su alma vieja un torero sin muleta, un músico,
y un poeta silencioso que llena lienzos y más lienzos de versos sueltos
llenos de música
 y que da capotazos al toro del ensueño de la realidad,
para que no se pierda el momento,
como se pierden los colores de las alas de una mariposa
cuando levanta el vuelo huyendo del cáliz de una flor.
Ángel, en este cuadro de Cuenca es como la abeja melífera
que se hubiera vuelto loca de alegría, o de tristeza; o de vacío, en un momento,
sabiendo que ha de morir
y hubiera dado una patada a la colmena
desparramando sobre la superficie blanca de un lienzo
su historia humilde y su trabajo callado de toda una vida
dejando su testimonio en cera virgen y miel,
el complicado corazón de este humilde conquense.
El maestro no da clases sino con sus obras,
Y sus obras son amores: un amor de obras da.
Y por eso no hay palabras para decir
Porque el que tiene la gracia de “ver”,
que diría el ciego de Granada,
“No hay mayor desgracia, mujer”…
Que ir a Cuenca y no poder ver.
Y peor,
 sólo ver tejados y fachadas
y una gracia poder,
casi tocar, el Áura de la Nada.
Le debía yo a este bonito otoño
unas palabras.
Porque es un cuento de cuentos y de cuentas,
como un rosario, cada rincón de Cuenca
que se insinúa
viviendo desde antiguo en esa piel seca de peladura de mandarina
(el lienzo)
presta a ser arrojada al fuego
para que nos llene los ojos de Luz, virgen de Cuenca,
como una falla valenciana,
o como las pequeñas burbujas del champán
que saltan de una copa trayendo a la memoria
amores que han marcado momentos
de lo que llamamos vida,
aunque sea más un ir dejándonos,
poco a poco, entre las hojas
del libro de cada otoño.
© GatoFénix
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