Un don del cielo por San Juan

Y aquella noche volví a reencontrarme con ella.
¡Qué armoniosa se veía a mi lado!
Mi compañera incomprensible e incomprendida.
La abrazo rodeándola sin agobio
deslizando las yemas de los dedos por su cuerpo
buscando acordes conocidos, casi olvidados y ocultos,
entre sus trastes y bordones de tripa de gato.
¡Que bien su ritmo cadencioso y circular!…¡Qué bien!
Poniendo el conocimiento en cada paso,
en cada beso, plantando huellas hacia el encuentro.
Los silencios ocupan cada rincón de su alma cuerpo
de resonancia, y al borrarse los olvidos con el aliento
emergen notas de aromas inodoros de sabor a mar.
La sal de la vida ha vuelto, en vaivén de pequeñas olas, a la arena.
La sal de la vida desplaza la pequeña muerte, de tantas noches tristes,
de tantos tristes días de otoño e invierno
interminables, un día…
Un día, fortuito y afortunado, milagrosamente,
como don caído del cielo,
llega a su fin.
Es la noche de San Juan de 2016
y como hace tiempo somos una hoguera
de madera de palo santo
convertidos en acorde silente y entrañable.