Capotar

Enya
Puede haber algo más triste, pero no lo conozco;

algo que no sabes definir según te inunda.

Hay amor, pero no sabes qué, ni cómo, ni quién…

Es como respirar dentro del mar o en las nubes frías

dentro del casco viajando envuelto en una luz blanca

que desmadeja las sombras como de hidrógeno líquido.

Hay una noche que te circunda.

Tienes una fuerza dentro que permeabiliza el cuerpo.

Hay un estas difuso en equilibrio y en movimiento.

Tienes una capa de invisibilidad densa y a la vez sutil.

Hay un pozo enorme donde casi no cabemos: enorme.

Y nos apoyamos en cuaquier pared arqueando la espalda.

No sabemos si podremos seguir ni cuánto tiempo más

Pero nos abrazamos a la cruz llorando casi sin hacer ruido

para no despertar a nadie de la noche en la que estamos todos.

Hay un mar de ausencias que no pueden llenar los vacios de los recuerdos.

El tiempo, tan presuroso, nos abandona o eso notamos

y no sabemos qué sentir…

Sólo hay esa soledad que pueden tener los que saben

que no van a volver;

y que su destino es incierto,

aunque la partida es segura.

No caben las lágrimas en ningun recipiente conocido,

y nos empapa el alma una pena que sólo es comparable

al hueco que deja un corazón

cuando ya ha partido.

Hay mucha paz al fondo, muy al fondo y también miedo,

un miedo a lo desconocido, a lo malo conocido

y a no tener esperanza de algo bueno por venir.

Llegamos a no saber nada de nada,

ni qué era bueno, tornado en malo;

ni qué hicimos  para merecer esto.

Da igual.

Hay paz.

Igual da.

Y no sabemos nada, pero

todavía somos y respiramos,

y nos sentimos en esta música

que suena a nana

y a navío

y a gaviota,

de Juan Salvador Gaviota,

que nos hizo sentir,

en esa juventud de piedra

que pasamos,

la brisa del aire en la piel:

nuestras plumas de ave Fénix

justo antes de capotar.

© GatoFénix

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