Una “Cata” de aceite.

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Aroma y sabor de aceite,
zumo de aceitunas españolas:
manzanilla cacereña, picual,
hojiblanca, arbequina, cornicabra,
verdeja o castellana…
Aromas y sabor de una “cata” para merendar.
Una cata, que es un cantero de pan blanco
en el que se escarbaba con los dedos una poza en la miga,
blanca y esponjosa como algodón en rama,
en cuyo agujero se vertía aceite de una alcuza, con generosidad,
a lo que se le ponía unos granos de sal de aquella que se le veían los prismas.
Luego se volvía el migón a su lugar, sin presionar, y se empapaba
poco a poco de aceite, y nosotros, a base de migas,
sentados en el sardinel de la puerta nos lo íbamos comiendo
a pellizcos al paso de la tarde, mirando las hormigas culonas
de algunos días de esos que eran vísperas de lluvias de verano.
Aromas y sabor de una cata en el tiempo.
Un manjar sencillo que marca tu vida con esa impronta
de lo que no vas a poder prescincir durante tu vida.
Manjar español, sencillo y medicinal; óleo de los vivos.
Al fin óleo y como tal, sagrado líquido de ungimiento real;
de un nacimiento a algo nuevo y sublime;
o de un recibir los óleos en la extremaunción, para el último viaje.
Óleo de los recuerdos más viejos,
aquellos, asociados al pan frito en invierno.
Ese poquito humo casi picante en las cocinas de mi infancia.
Humo que salía de la sarten con patas donde se freía todo:
picatostes, rosquillas, “rosas con azúcar”, pestiños,
orejas de fraile; o chorizos de la matanza, lomo,
costillas, que luego de enfriarse, se guardaban en medianas orzas de barro
de donde nos abastecíamos todo el año.
Diciembre y enero tenían las calles, desde los albañales hasta las tejas,
llenas de niebla con olor a las seras del molino de aceite,
el cual estaba cerca de mi casa, y en cuyo patio, en verano,
jugábamos los amigos de los hijos del dueño.
Había allí una Moto Guzzi roja, con la palanca de marchas en el depósito,
Su color rojo característico, desvaído.
  En alguna ocasión la arrancaron y se montaban en ella
dando algunas vuelltas por el pátio empedrado.
Yo la miraba y me sentía cohibido,
sin mucha confianza, porque “no las tenía todas conmmigo” y
me gustaba pero no tanto…
y me daba miedo y envidia, a la vez.
Era todo aquel entrañable pueblo manchego en esas fechas
como un Londres nacional en el campo de Calatrava;
con su neblina, que parecía vapor una olla enorme;
Todo oliendo como una aceituna machacada,
y las calles con sus enjalbegadas paredes,
los cortes de una manzana golden…
Y ese aroma de lo que llamábamos *alperchín”
y que luego he sabido que su nombre es alpechín.
De los alpechines de toda la vida.
Los de lavar las seras de esparto del molino.
Ese olor que para otros es desagradable y que a mi me despierta
y me pone vivo en mi infancia,
con toda su intensidad.
Aquello se quedó dormido en un pequeño rincón de mi cerebro de niño,
y a veces, como hoy, se despierta
porque ha salido un buen aceite a la mesa.
Y entonces se abre como un paraguas enorme
lleno de varillas.
 Un mapa conceptual
que no es sino una cata en el tiempo.
Mucho más que un agujero negro,
porque es luminoso y te invita a transitar,
ligero de equipaje, por donde estuviste y no estás pero,
 en donde sigues estando, sin explicación posible,
como si fuera
“un ahora permanente”.
© GatoFénix

Una rúbrica en el agua.

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Esperar mirando cómo emerge el Sol
de las profundidades del Mediterraneo.
Vuelve a dejarme ahito conteniendo la respiración.
Primero, es como una pavesa de candil,
cálido y suave hasta lanzar su penacho
contra las nubes de café capuchino;
es la enorme ceja de Polifemo
madrugando en su cueva, sobre el Sol.
Lo acompañan los chapoteos de las olas
que se elevan hasta la terraza de mis oidos,
allí donde me encuentro de vigía, mi hotel RH en Gandía.
Hace frío, en pijama, todavía el doce de marzo,
pero, aún así, merece la pena estar.
Es una presencia total ante el agujero del tiempo;
la puerta que nos hace vernos frente al espejo,
de nosotros mismos como pasando
a otra dimensión uniendo los tiempos
dejándonos como si nos hubiera petrificado el momento,
sin las arrugas de los recuerdos,
como en un eterno presente.
Somos el mismo niño que se asomó a este momento
en cada momento de la vida, que los de tierra adentro,
nos hemos desplazado hasta los bordes de España
en los cuatro Puntos Cardinales no tantas veces,
y en los que, subidos a alguna loma o en la llanura de la Meseta,
hemos visto el ventanuco del Sol Naciente;
Esa gatera insondable por donde parece que escapamos completamente,
dejándonos chamuscados los pelos, en sus jambas y dinteles flámbeos.
Aquí en la playa de gandía acompañado del majestuoso movimiento de las olas
que levantan espumas de nieve en polvo como trazos de un Snowboard
sobre el azul prusia que baila, en etapas con la gama de azules, turquesa y cian,
rizándose en algunos añiles para formar una colcha de lana y seda maravillosa.
Sabemos que es nuestra cuna y nuestra último lecho
cuando se nos pare el tiempo.
Es un magestuoso reloj que nos marca los días,
sin prisa pero sin pausa, inexorablemente.
Estamos frente a frente, amaneciendo juntos;
El sol al ritmo suave del tambor del corazón,
apenas respiramos,
casi no nos atrevemos a pensar por si acertamos a pensar
cuán efímero es el momento;
Y somos por un instante conscientes
que nosotros también pasamos
y al fin…
nos vamos
y apenas dejamos…
una rúbrica en el mar:
lo que somos.© GatoFénix

Amor a ráfagas

Inicio esta entrada con unas palabras de agradecimiento a su autora.
Hoy o mañana o un día de estos quería pasar al papel y luego a esta cosa virtual, unas palabras sobre el tema.
Destaco os tres renglones del final, que son para enmarcar y tenerlos siempre a la vista.

merceroura

A veces estamos tan desesperados por recibir amor que aceptamos sucedáneos. Bajamos el listón y fingimos que lo que nos dan es lo que queremos, que nos basta con poco, que no necesitamos más. Y por dentro, nos desvanecemos a cada minuto que pasa. Miramos al suelo en lugar de levantar la vista porque tememos encontrarnos con alguna mirada que nos cale y se dé cuenta de que estamos viviendo un amor a medias, porque soportamos a duras penas arrastrarlo pero somos incapaces de decirlo en voz alta.

Nos han educado para huir de la soledad, para avergonzarnos de estar solos, como si tuviéramos que demostrar ante los demás que estamos siempre con alguien, que alguien nos ama… Que somos dignos de amor.

Y la amenaza de una soledad rotunda nos obliga a veces (o eso creemos) a aceptar situaciones que nos vacían tanto por dentro que notamos el hueco……

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El abuelo de Pablo – Hermann Tertsch / ABC

Esta mañana pensaba escribir, a la luz de los acontecimientos politicos, que no hemos votado ir a la guerra; que hemos votado tímidamente contra la corrupción, y los políticos corruptos. Pero veo que ellos ya no son el pueblo. Son los que eligen lo que es verdad y lo que no; y ellos han elegido que decir que nsotros hemos votado un frente popular, que ellos llaman de progreso. ¿ cuándo hemos votado eso? ¿Y lo siguiente?
Son reencarnaciones de personajes inmundos de hace cien años que pretenden repetir la Guerra que provocaron y que por fortuna perdieron.
Una guerra como todas ñas guerras llenas de atrocidades, miserias, hambre, frio y vergüenza, quienes la tenemos.

Verdades que ofenden..

«Millones de españoles están en proceso de dejarse seducir por una ideología potencialmente tan criminal como la profesada en su día por el abuelo de Iglesias o mi padre, la comunista o la nacionalsocialista. Veo en Podemos la soberbia del desprecio y la..

UNO de los más claros indicios de que el Frente Popular, antes aún de ser reeditado en su versión 3.0/Siglo XXI, está ganando por fin la Guerra Civil española de 1936, está en que, desde hace ya mucho tiempo, las mentiras con las que se reescribe la historia de España son aceptadas sin reservas por todos. Incluso por quienes saben de su falsedad. El vencedor impone eso que llaman ahora la narrativa, el discurso o sencillamente la versión hegemónica de la historia y el canon bibliográfico que lo sustenta. Todas las administraciones públicas españolas, da igual quién las gobierne, publican desde hace lustros ya cuentos sobre la…

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Le debia unas palabras a este otoño.

Le debo unas palabras a este otoño.
Es este otoño de dos mil quince,
 eminentemente silencioso.
Se nos fueron llenando los ojos de la última luz de los Arcángeles
y el veranillo de San Miguel era el estrambote del último verano.
Y se fue colando el otoño
tirando el oro por los suelos
en calabazas y pámpanas en el campo, como las obleas
crujientes y luego ronchonas,
a nuestros pies, en la ciudad.
Le debo unas palabras a este otoño.
Lo recibí a cuerpo descubierto sobre mi moto.
Quedé con mi hermano en Tarancón, y cada uno en su montura,
hicimos el viaje a Cuenca.
Hacía casi treinta otoños que no hacíamos una ruta,
cada cual sobre su moto; yo delante, como entonces
y él detrás, a nuestro aire cada uno, pero
en la misma sintonía de pensamientos:
juntos.
Hizo calor ese día.
El sol de “membrillo” no sólo era color,
también templaba el ánimo y una vez parados,
y con tanto apero encima, llegamos a sudar.
Diría que volamos bajo con un cielo azul
con pocas hilachas de algodón, altísimas al Sur.
Llegar a Cuenca, donde nací, y pasar por delante de la misma puerta,
de la “casa-cuna” que entonces era
el Antiguo Hospital de la beneficencia,
me da un subidón que me reconcilia, cada vez, con la vida.
Ahora, sólo queda la fachada, y no queda en su interior
ningún vestigio de cama, ni de capilla, ni de lo que entonces
fuera quirófano; y, en su lugar, que pasé un día y lo vi,
hay mesas de oficina y murales y letreros con indicaciones,
dependencias y despachos dedicados por la Junta de C-LM
a ser Delegación Provincial de Agricultura y Desarrollo Rural 
de estos Reinos de Taifas
que nos colaron por la escuadra
los que estaban agazapados desde el 1939
y saltaron como ratas rabiosas al queso hecho porciones
para ser cabezas de ratones y despacharse a gusto,
a la consigna: “cada uno a lo suyo sin molestar”.
Este pesar me ha acompañado desde el primer día que pude ver
la Cuenca que me parió transformada en una caricatura.
Casi más, una máscara esperpéntica como sacada
del Museo de Arte Abstracto, del que salí
pensando si a todos les parecería como a mi,
una broma de mal gusto o una burla a nuestra inteligencia.
Bueno, pues eso es lo que poco a poco ha ido desnaturalizando Cuenca.
Gracias a Dios que no han podido con todo.
Han puesto objetos horribles de mal rollo y dudoso gusto,
en algunos lugares estratégicos;
remodelaciones urbanísticas que dan dentera.
Sin ir mas lejos, quisimos pasar por Carretería y estaba prohibido.
Gracias a mi amigo Angel Pintado, que le ha hecho un cuadro
que vale más que todo el Museo antes mencionado.
Arriba lo pueden ver.
Pintado desde arriba mirando al Huécar.
Cuenca, que siempre es Única, en otoño más.
Y le debía yo unas palabras a este otoño.
Ese otoño que nos visita cada año y que, nosotros,
cada vez, lo sentimos más nuestro;
porque nuestro cuerpo, acusando el tiempo,
nos deja en la piel de las manos
pequeñas sombras de hojas de álamos, olmos y plataneros,
como esas que pisamos en nuestros paseos, al caer la tarde.
Y nos tiñe la mirada de sueños, de recuerdos
y de pensamientos que unen los unos con los otros
en un sentimiento que Ángel captura con facilidad,
como el colibrí que liba de la for del espliego,
porque lleva en su alma vieja un torero sin muleta, un músico,
y un poeta silencioso que llena lienzos y más lienzos de versos sueltos
llenos de música
 y que da capotazos al toro del ensueño de la realidad,
para que no se pierda el momento,
como se pierden los colores de las alas de una mariposa
cuando levanta el vuelo huyendo del cáliz de una flor.
Ángel, en este cuadro de Cuenca es como la abeja melífera
que se hubiera vuelto loca de alegría, o de tristeza; o de vacío, en un momento,
sabiendo que ha de morir
y hubiera dado una patada a la colmena
desparramando sobre la superficie blanca de un lienzo
su historia humilde y su trabajo callado de toda una vida
dejando su testimonio en cera virgen y miel,
el complicado corazón de este humilde conquense.
El maestro no da clases sino con sus obras,
Y sus obras son amores: un amor de obras da.
Y por eso no hay palabras para decir
Porque el que tiene la gracia de “ver”,
que diría el ciego de Granada,
“No hay mayor desgracia, mujer”…
Que ir a Cuenca y no poder ver.
Y peor,
 sólo ver tejados y fachadas
y una gracia poder,
casi tocar, el Áura de la Nada.
Le debía yo a este bonito otoño
unas palabras.
Porque es un cuento de cuentos y de cuentas,
como un rosario, cada rincón de Cuenca
que se insinúa
viviendo desde antiguo en esa piel seca de peladura de mandarina
(el lienzo)
presta a ser arrojada al fuego
para que nos llene los ojos de Luz, virgen de Cuenca,
como una falla valenciana,
o como las pequeñas burbujas del champán
que saltan de una copa trayendo a la memoria
amores que han marcado momentos
de lo que llamamos vida,
aunque sea más un ir dejándonos,
poco a poco, entre las hojas
del libro de cada otoño.
© GatoFénix

Shao Yin – 足少阴肾经穴- Meridiano del Riñon (腎)

Loto Blanco - Escuela Tradicional de Shaolin

Shao Yin – 足少阴肾经穴– Meridiano del Riñon (腎)

Horario. Hora de máxima actividad y óptima para sedar: de 17 a 19 h.

Horario óptimo para tonificar: después de las 19 h.

Elemento: Agua

Comentarios:

Como ya hemos indicado el elemento agua está íntimamente relacionado con la vida, en nuestro caso es la base esencial de nuestro físico.

La medicina tradicional China sostiene que los riñones contienen la herencia ancestral, esta herencia ancestral la podemos subdividir según sus características Yin o Yang.

Qì (氣) (气) (Chi), Energía original. En este caso encontraremos que el Qì por ser de características Yang presentará las características del fuego.

Jīng (精) (Ching) Escencia. El Qì original será preservado por el Jīng.

Los riñones son los cimientos del sistema energético y al pertenecer al elemento Agua gobiernan lo más profundo y denso del cuerpo, o lo más Yin, también gobiernan los huesos, lo que…

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